jueves, 1 de octubre de 2015

Vivimos al límite, 
creyendo que el límite tiene algún sentido.
Buscamos nuestro camino, el giro esencial
y huimos de las curvas, de los enredos,
del camino que no es liso.
Nos aferramos a promesas que no creemos, 
pero queremos creer.
Anestesiamos nuestros sentidos haciendo que 
un ''te quiero'' tenga importancia, pero no la tiene,
no cuando tu sientes más que eso,
cuando te ahogas en tus propias tinieblas, 
cuando la vida cesa por un momento, o por varios,
por una eternidad, cuando no tienes camino, 
ni caminante al lado.
Solo conoces a alguien cuando las luces se apagan,
y notas su mano acariciándote la cara y sólo basta con
una milésima de segundo para que las luces se enciendan
y veas que no es quién tú creías.
A veces dejamos pasar las cosas que nos duelen, 
por miedo a estar solos, o por el miedo a dejar solo a alguien, 
y nos aferramos tanto al final del acantilado, aunque lo que más 
nos gustaría es soltarnos, y sentir esa libertad que ofrece la caída,
ese aire espeso en los oídos, esa velocidad asfixiante y caer, 
y sentir que es el final.

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