jueves, 11 de diciembre de 2014

espacio-tiempo

Pocas veces me quedo en silencio, conmigo misma, y eso no sé si es una ventaja o lo contrario.
Hace un par de días, meses o años, no me acuerdo, alguien- de cuyo nombre tampoco me acuerdo, pero si de su mirada con amanecer en los labios y esos rollos excéntricos- me preguntó como anhelando una respuesta desde hace tiempo,- como si me conociera-, si era feliz. Creo con certeza que fue la primera vez que mi cerebro no conectaba con las terminaciones de mi boca, o viceversa, porque esa pregunta, revolvió de tal manera mi ser, que ni a día de hoy estoy segura de la respuesta. Pero ahora yo me planteo de forma hipotética y con lugar a muchas dudas e incógnitas sin despejar, ¿y si la respuesta es la propia pregunta?. Tengo recuerdos muy vagos en los que realmente fui feliz, como por ejemplo el columpio en casa del abuelo, el columpio que él mismo me hizo atando las dos cuerdas al enorme nogal, que más tarde, cuando dejó de dar frutos, lo talaron, y así fue como el nogal nos dejó al igual que el abuelo. También recuerdo cuando me llamaba Ariel, porque era su pequeña sirenita y me arropaba por las noches salvándome de alguna que otra pesadilla, no de todas, porque a veces se dormía pero me bastaba con cogerle de la mano si el miedo me sobrecogía.
Es triste pensar como nuestra mente almacena de una forma mucho más fácil, rápida y nítida los recuerdos que te desgarran por dentro, todavía recuerdo de forma transparente el coche negro, los gritos, los auto abrazos, heridas abriéndose y mis ojos viajando de una escena a otra, analizando cada detalle, alimentando los lóbulos temporales de información que a día de hoy sigue siendo tan real como aquel día hace nueve años.
El mayor impacto de mi vida, fue cuando me presentaron a mi padre a los 7 años, habiendo pasado cinco con él, supongo que los recuerdos se hacen fuertes dependiendo de cuánto los alimentes. Recuerdo las maletas, los abrazos de despedida, la estación y el autobús y sobre todo el ''no me olvides'' de mi Ángela.
A partir de aquí todo se vuelve negro, censurado posiblemente por mi mente que cuida desmesuradamente a mi corazón, es posible.
Puedo mencionar la autodestrucción con la que estoy bastante familiarizada, o lo estaba, intento almacenar esos recuerdos en partes que no rocen la memoria ni un milímetro por si acaso vuelvo a caer en bucles interminables de charlas ahogadas, desnuda, frente al espejo.
Fui feliz -no realmente feliz- después de los golpes literales que te da la vida y lo que no es la vida, fui feliz en ese banco mirando al color desierto de tus ojos y supe que estaba a salvo.
Pero también recuerdo cuando abrirse era la respuesta pero a la pregunta equivocada, y el daño de después y lo jodido que es echar de menos, y que tus recuerdos sean distintos a los míos aunque hayamos vivido lo mismo.
Pero supongo sin suponer en absoluto, que después de tanto tiempo pensando en esa pregunta, la respuesta es que soy feliz cuanto menos me pregunto si lo soy.

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