viernes, 28 de noviembre de 2014

ceguera impropia

Ver más allá de esta humareda,
encontrarte cuando se disipe.
Vi en tus retinas la mejor película, 
de miedo y aún así me quedé.
Desde entonces supe que nunca podría 
ser capaz de soltar tu mano,
ni aunque tú me lo pidieras.
Somos instantes infinitos contados 
por las agujas del reloj
El cristal roto en los azulejos del 
baño -primera puerta a la derecha- mezclado
con ron barato, tu sangre y mis sueños.
Nos deslizamos entre las rendijas de nuestros cuerpos, 
edificios imperfectos,
estructuras inestables aún por acabar.
Somos cuartos vacíos que esperan que alguien 
llegue y los llene de posters de Nirvana y un colchón
donde nuestras pieles se vuelvan homogéneas.
Contarnos la vida entre tragos de ron a palo seco, 
magnificar el lugar que ocupan tus ojos en el espacio,
verte a tras luz y pintarte en un cuadro,
que esté en todas las calles de Madrid.
Pasear como un gato por las 7 vidas que son 
los 7 minutos que dura esta canción.
Parar el tiempo y bailar contigo, y rebobinar...
y rebobinar...
Vomitar la vida a carcajadas, que no hay nada mejor, 
que vibrar en tus brazos.
Apostarme la vida, quedarme inmersa en el cielo de tus lunares,
y trepar por tus caderas, hacerte cosquillas y que me sonrías, 
con los ojos.
Saltar desde el trampolín de tus pestañas y caer en ti, 
mi lugar favorito.
Las nubes, paralelas a mi camino torcido, 
lo desgarrador de un adiós que no dices, 
porque no lo sientes, 
pero ves como todo se acaba.
Huir porque crees que es la solución, 
y no avanzas, retrocedes, 
entre humo de cigarros apagados, 
tormentas que salpican goteras en el salón de tu alma.
La destrucción como respuesta a la neurosis, 
al rato a solas que no lloraste por creerte valiente, 
los consejos rechazados porque sigues pensando, 
que uno más uno es uno, y de eso ya hace tiempo.
Las largas esperas, que dejas, 
y la vida que se te escapa entre los matices,
y no lo ves, 
y te niegas a verlo.

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