martes, 16 de diciembre de 2014

Más vale ahora que nunca

Ese equilibrio vital,
que encontramos,
en unos ojos ajenos,
que no nos pertenecen,
pero tienen magia que nunca antes,
habíamos sido capaces de interpretar.
El lago en el que te sumerges tras tanto
tiempo sin rozar la lluvia.
La sucesión de imágenes, que te rebosan
el subconsciente, porque en la jodida vida
vas a ser capaz de borrarlas.
El flashback que se sucede en tus retinas y
me llevan a ese abril, donde la noche tenía sol
de por medio.
El tempus fugit y esas movidas.
Los besos lentos que son corridas,
lo mágico de una sonrisa sincera,
lo imposible de cerrar los ojos sin verte,
sujetando un piti en la mano derecha
mientras te consume el negro nerviosismo y
te llena los pulmones de terror.
Tu respiración tranquilamente salvaje,
que vibra en mi tímpano, y me recorre la piel,
haciendo que renazca.
Lo imposible del olvido que clava puñaladas
y no deja que la herida cicatrice.
Los daños colaterales que provoca tu risa en
mi estómago,
revolucionando mis terminaciones nerviosas.
Lo rotos que estamos, y no dejamos de crear brechas.
y no nos reconstruimos, porque no queremos,
porque no te valgo,
porque no me vales.
Cambiar de órbita la Luna
que gire en otra dirección,
que aparezcan sucedáneos
de eclipses en bucle y todo sume 
de nuevo.
Restarle lo multiplicado a la tristeza y 
saludarla con un corte de mangas.
Veranear en tus ojos desierto y refugiarme 
en tu piel abrigo y no querer
escapar 
nunca.
Bailar con el otoño, el último baile
y asumir por fin que es invierno,
que hay que aprender a decir adiós,
aunque arañe el alma y deje cicatriz.
Nos anclamos a nuestra perdición y 
hacemos de ella un cobijo donde los días
son grises aunque nos imaginemos un 
arcoiris.
Vivir a 100 pero contar 99 no es vivir
por mucho que nos empeñemos.
Y me gustan las noches largas, estelares, 
las bocanadas de aire fresco,
el viento en la cara,
y el olor a lluvia en el asfalto.
Chapotear en los charcos y verme reflejada, 
distorsionada que es como mejor me comprendo.
Empeñarse en verlo negro te hace olvidar la luz
de esa mirada,
como los faros de Alejandría,
el aleteo de las gaviotas, 
símbolo de la libertad enjaulada en almas vacías.
Los estruendos en el tímpano que acaban 
con nuestros signos vitales, 
que se cargan la pureza concentrada
en el fuego del que arde por placer 
a que le curen las heridas.
Las verdades disparadas como balas,
a quemarropa,
viven sangre en las entrañas
de quienes son ciegos porque es mejor 
no ver.
Y acabamos en ruinas ajenas, 
pensando que tal vez,
algún día podremos compartirlas.

jueves, 11 de diciembre de 2014

espacio-tiempo

Pocas veces me quedo en silencio, conmigo misma, y eso no sé si es una ventaja o lo contrario.
Hace un par de días, meses o años, no me acuerdo, alguien- de cuyo nombre tampoco me acuerdo, pero si de su mirada con amanecer en los labios y esos rollos excéntricos- me preguntó como anhelando una respuesta desde hace tiempo,- como si me conociera-, si era feliz. Creo con certeza que fue la primera vez que mi cerebro no conectaba con las terminaciones de mi boca, o viceversa, porque esa pregunta, revolvió de tal manera mi ser, que ni a día de hoy estoy segura de la respuesta. Pero ahora yo me planteo de forma hipotética y con lugar a muchas dudas e incógnitas sin despejar, ¿y si la respuesta es la propia pregunta?. Tengo recuerdos muy vagos en los que realmente fui feliz, como por ejemplo el columpio en casa del abuelo, el columpio que él mismo me hizo atando las dos cuerdas al enorme nogal, que más tarde, cuando dejó de dar frutos, lo talaron, y así fue como el nogal nos dejó al igual que el abuelo. También recuerdo cuando me llamaba Ariel, porque era su pequeña sirenita y me arropaba por las noches salvándome de alguna que otra pesadilla, no de todas, porque a veces se dormía pero me bastaba con cogerle de la mano si el miedo me sobrecogía.
Es triste pensar como nuestra mente almacena de una forma mucho más fácil, rápida y nítida los recuerdos que te desgarran por dentro, todavía recuerdo de forma transparente el coche negro, los gritos, los auto abrazos, heridas abriéndose y mis ojos viajando de una escena a otra, analizando cada detalle, alimentando los lóbulos temporales de información que a día de hoy sigue siendo tan real como aquel día hace nueve años.
El mayor impacto de mi vida, fue cuando me presentaron a mi padre a los 7 años, habiendo pasado cinco con él, supongo que los recuerdos se hacen fuertes dependiendo de cuánto los alimentes. Recuerdo las maletas, los abrazos de despedida, la estación y el autobús y sobre todo el ''no me olvides'' de mi Ángela.
A partir de aquí todo se vuelve negro, censurado posiblemente por mi mente que cuida desmesuradamente a mi corazón, es posible.
Puedo mencionar la autodestrucción con la que estoy bastante familiarizada, o lo estaba, intento almacenar esos recuerdos en partes que no rocen la memoria ni un milímetro por si acaso vuelvo a caer en bucles interminables de charlas ahogadas, desnuda, frente al espejo.
Fui feliz -no realmente feliz- después de los golpes literales que te da la vida y lo que no es la vida, fui feliz en ese banco mirando al color desierto de tus ojos y supe que estaba a salvo.
Pero también recuerdo cuando abrirse era la respuesta pero a la pregunta equivocada, y el daño de después y lo jodido que es echar de menos, y que tus recuerdos sean distintos a los míos aunque hayamos vivido lo mismo.
Pero supongo sin suponer en absoluto, que después de tanto tiempo pensando en esa pregunta, la respuesta es que soy feliz cuanto menos me pregunto si lo soy.