viernes, 26 de abril de 2013

Siempre he sido muy aficionada a los bares de carretera, a su olor a puro que te inunda los pulmones y a aquellas butacas tan cómodas que parecen almohadas y en las que me encanta pasar horas y horas divagando sobre lo sucedido cada día, analizando cada instante de mi jornada y recordando esa bonita sonrisa que se coló por la puerta de mi oficina esta mañana y en la cual no dejo de pensar, ni aún queriéndola dejar atrás, porque fue tan bonita y efímera que hasta duele. Pienso en lo hondo que te has clavado dentro de mi ser, que ya no me dejas ni escapar, pero bueno, son cosas que saben mejor con unos tragos de ron, al parecer lo mismo pensaba el apuesto caballero que aquella noche lluviosa de noviembre, había decidido compartir butaca conmigo, e invadir mi espacio con su agradable colonia. Su sonrisa era preciosa y despreocupada, pero no superaba a la tuya ni de lejos, así que no me dejó asombrada para nada, pocas cosas me asombraban ya en el género masculino después de haberte conocido a ti. Decidió saludarme y concederme el placer de presentarse, agarrando mi mano de una forma firme y fuerte, pero delicada a la vez, como si estuviese sosteniendo una figurita en miniatura, de cristal, frágil y absolutamente débil. Yo no quise entablar conversación con él, nada de él me parecía lo suficientemente interesante como para captar mi atención excepto aquella espalda de campeonato en la que podría dibujar la constelación entera, y por si acaso necesitaba más ahí estaban sus fuertes brazos surcados de unas venas bastante marcadas, machacadas por horas infinitas de gimnasio. Estuvimos minutos eternos escuchando música jazz,y tomando una copa tras otra, hasta despertar. Abrí mis ojos y no pude creer que estaba en una cama que no era la mía, rodeada de unas sábanas blancas, que era lo único que rodeaba y tapaba mi cuerpo desnudo, era obvio que aquel apuesto caballero, consiguió eso que su sonrisa me había insinuado al principio de la noche, pero no me arrepentía, alguien más que no eras tú consiguió llenarme, aunque no me acordase muy bien, pero eso ya daba igual, tenía una preciosa figura de piel dorada a mi lado, respirando a suaves compases que me inundó de tranquilidad e hizo de esa cama mía y me llenó del deseo de que ese momento fuera eterno.