Cambiar de órbita la Luna
que gire en otra dirección,
que aparezcan sucedáneos
de eclipses en bucle y todo sume
de nuevo.
Restarle lo multiplicado a la tristeza y
saludarla con un corte de mangas.
Veranear en tus ojos desierto y refugiarme
en tu piel abrigo y no querer
escapar
nunca.
Bailar con el otoño, el último baile
y asumir por fin que es invierno,
que hay que aprender a decir adiós,
aunque arañe el alma y deje cicatriz.
Nos anclamos a nuestra perdición y
hacemos de ella un cobijo donde los días
son grises aunque nos imaginemos un
arcoiris.
Vivir a 100 pero contar 99 no es vivir
por mucho que nos empeñemos.
Y me gustan las noches largas, estelares,
las bocanadas de aire fresco,
el viento en la cara,
y el olor a lluvia en el asfalto.
Chapotear en los charcos y verme reflejada,
distorsionada que es como mejor me comprendo.
Empeñarse en verlo negro te hace olvidar la luz
de esa mirada,
como los faros de Alejandría,
el aleteo de las gaviotas,
símbolo de la libertad enjaulada en almas vacías.
Los estruendos en el tímpano que acaban
con nuestros signos vitales,
que se cargan la pureza concentrada
en el fuego del que arde por placer
a que le curen las heridas.
Las verdades disparadas como balas,
a quemarropa,
viven sangre en las entrañas
de quienes son ciegos porque es mejor
no ver.
Y acabamos en ruinas ajenas,
pensando que tal vez,
algún día podremos compartirlas.
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