Y ahí estaba yo, en medio de una desierta carretera hincando todo el peso de mi cuerpo en mis fuertes rodillas, con la cabeza echa un lío, y con el corazón bombeando sangre con copas de más, me sentía sola, desprotegida y sin saber a dónde ir, qué camino tomar y quién me acompañaría.
Deseaba verte y preguntarte por qué no me habías elegido, sería porque te salía demasiado barata y esas cosas no te gustaban, sería que te iban las chicas de minifaldas y escotes descomunales y pelo rubio, o es que tal vez te salía demasiado cara, te costaría millones poder poner en orden todos aquellos sentimientos rotos llenos de nada y de unas ganas insufribles de tí.
Me dijiste que no y todo se hizo más pesado, no quise levantarme de ese sitio, no me estaba tomando en serio nada, pero ahora que lo pienso ¿cuándo me he tomado algo en serio? Me dejaste olvidada y hasta a mi se me olvidaba quién era o quién quería ser o lo que quería. Mis ganas de llorar existían y esas lágrimas mías pedían a gritos que las dejara escapar, sé que si las hubiese dejado hubiesen formado ríos en mis mejillas y me hubiesen puesto fea, pero eso ya no importaba, me había quedado con un mal sabor de boca después de nuestro último abrazo, fue tan efímero que todavía sigo con ganas de más, supongo que las cosas buenas solo duran pequeños instantes, ese abrazo que me diste fue el instante más bonito de mi vida.
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